17 agosto 2010

Capítulo 1 (Recursos de la mente)


Capítulo 1: Sesión conjunta





Jaejoong se dejó caer pesadamente sobre el sofá verde oscuro del salón, frente al televisor que no se molestó en encender.

Estaba en el infierno. O en algo que se le asemejaba mucho, y que iba a transformarse en un auténtico calvario de un momento a otro. Exactamente cuando Changmin entrara por la puerta de casa y comenzara a preguntarle por qué razón eran los únicos que al día siguiente iban a tener una sesión conjunta con la psicóloga.

Sabía de sobra que en realidad a Changmin le daba absolutamente igual tener una sesión con él o con todo el grupo junto, porque no iba a variar en nada su actitud: seguiría pareciéndole la misma pérdida de tiempo. Pero le extrañaría, pues podía ser acusado de muchas cosas, pero ser tonto no era una de ellas. Con toda probabilidad lo interrogaría en cuanto pusiese un pie en casa, y Jaejoong era consciente de que ni siquiera podía inventarse una mentira aceptable porque quedaría al descubierto cuando la maldita psicóloga abriese la boca. Y eso sería peor, mucho, mucho peor.

El único consuelo que le quedaba, si es que podía llamarse así, era que la psicóloga no podía contarle a Changmin nada de lo que había descubierto en su sesión anterior, ni siquiera las conjeturas a las que hubiese llegado. En ese sentido estaba amparado por el secreto profesional que la obligaba a permanecer en silencio. Pero había descubierto ese mismo día, muy a su pesar, que ella era capaz de hacerle hablar aun cuando estaba más que decidido a no hacerlo, lo que sin duda sería un completo desastre. Porque su modo de reaccionar a la presión solía consistir en meter la pata una y otra vez hasta enfangarse por completo él sólo y sin la ayuda de nadie...

¡¡Cómo si necesitase más presión en su relación actual con Changmin!! Desde que había puesto los ojos sobre el dichoso drama de su dongsaeng, todo había cambiado, y ni siquiera sabía por qué. Bueno, sí, intuía que tenía que ver en cierto grado con algunas de las escenas que habían rodado, escenas que le habían parecido aberrantes y espectaculares a partes iguales. No era que Min saliese más guapo de lo habitual, ni que actuase de forma muy distinta a como lo había hecho en los Banjun Drama hacía ya unos cuantos años, no. Se trataba de algo bien distinto.

Era el verlo interactuar con esa chica, mostrarse tan encantador como Jaejoong sabía que podía llegar a ser, tan íntimo. Incluso cuando el personaje se mostraba enfadado era el tipo de enfado que requería una estrecha relación previa, y no sólo sentimental, sino también física. Y por más que Jaejoong intentase convencerse una y otra vez de que sólo era una serie, pura ficción, su mente era incapaz de procesarlo como tal.

No soportaba ver a Changmin en esa situación, ni siquiera cuando era falsa.

Jaejoong no era idiota, y sabía perfectamente que Changmin tenía de inocente y virginal lo mismo que él, es decir, nada. De hecho, lo conocía lo suficiente como para dar por hecho que sus conocimientos en la materia estaban lejos de ser escasos. Y eso nunca lo había perturbado, porque era lo normal. De hecho, siempre le hacía muchísima gracia cada vez que leía en alguna parte que todavía quedaban fans que pensaban que cualquiera de ellos seguía siendo virgen.

Pero Jaejoong nunca había visto a su dongsaeng desplegando todos sus encantos para ligar con nadie. Por supuesto sí había hablado de ello en algunas ocasiones, de tal o cual chica con la que había pasado un buen rato, pero nunca lo había visto. Porque cuando Changmin salía en ese plan solía hacerlo solo, y jamás les presentaba a las chicas si la relación no se volvía algo más seria.

Había visto a Yoochun ligar incontables veces, y a Yunho. E incluso a Junsu en alguna que otra ocasión, pero nunca a Changmin. Y ver esa faceta distinta de él por televisión, esa parte de su vida que, a pesar de conocerlo tan bien, Jaejoong nunca había visto, lo había afectado más de lo que podía haberse imaginado nunca. Incluso cuando no paraba de repetirse que era una maldita farsa, pura y simple ficción.

Porque verlo de ese modo le había llevado inevitablemente a preguntarse cómo sería en la vida real, si las chicas caerían rendidas a sus pies a la primera o si tendría que trabajar algo más. Si usaría esa sonrisa de un millón de vatios y pondría cara de buen chico o si por el contrario usaría esa peligrosa mirada que era capaz de conseguir que se derritiera hasta la persona más fría; Si usaría el contacto físico y la cercanía para ganar la voluntad de cualquiera o preferiría que fueran ellas las que se acercasen, casi como si las estuviese retando...

Y por esos estúpidos pensamientos todo se había ido al traste. Porque en algún punto su perturbada mente se había vuelto loca y había cambiado a ‘la chica sin rostro’ con la que Changmin pretendía ligar por sí mismo. Y sus fantasías no se habían detenido en el cómo Changmin pretendía seducirlo. Sus malditos sueños habían ido más y más lejos cada vez hasta que ambos acababan en una cama, sudorosos y jadeantes tras hacer el amor de una forma salvaje. O en una mesa. O en el suelo si no había nada más cerca...

Jaejoong no podía ni alcanzar a describir cómo se había sentido las primeras veces que esos sueños se habían manifestado. Por descontado, uno nunca espera despertarse en plena noche, con la respiración agitada y la ropa interior húmeda después de haber soñado que tu hermano pequeño te aprisionaba contra la pared de una atestada discoteca y te besaba hasta dejarte sin respiración; y te masturbaba rápida y salvajemente con la mano mientras su boca hacía cosas que no deberían estar permitidas sobre la piel de tu cuello. Algo rápido y frenético que te despierta justo en el instante en que te corres contra su pantalón y él te mira con esa sonrisa autosuficiente que tanto odias ver en su cara...

No, nadie está preparado para eso. Y Jaejoong no había sido la excepción. Se había sentido extremadamente perturbado y confundido por ello, preguntándose no menos de un millón de veces qué diablos estaba mal con él. No es que le asquearan esos sueños —la reacción más que evidente de su cuerpo todas y cada una de las noches era prueba suficiente de que no era así—, porque las relaciones sexuales entre dos hombres no le eran desconocidas. Era que fuese precisamente su dongsaeng quien provocara en él todo eso, y más cuando ni siquiera lo veía más allá de una o dos veces cada trimestre.

Sin embargo, esa especie de temor inicial a quedarse dormido por culpa de ese tipo de sueños, pronto había sido reemplazado por un deseo consciente de irse a dormir cuanto antes. A cada día que pasaba había anhelado más y más el momento de irse a la cama para poder soñar con Changmin. Odiaba y amaba esos sueños a partes iguales, consciente de que no debería tenerlos y al mismo tiempo disfrutándolos como si cada uno fuese el último. Al fin y al cabo eso eventualmente se le pasaría, y podría seguir con su vida y su rutina normal sin volver a pensar en ello jamás.

El problema era que antes de que eso hubiese ocurrido, el tribunal había dictado sentencia y de un momento a otro había vuelto a vivir con el Changmin de carne y hueso. Un Changmin un par de centímetros más alto —si es que eso era posible—, con un corte de pelo distinto y un cuerpo aún más trabajado que el de sus sueños. Y eso no había ayudado nada de nada a que todas esas fantasías desapareciesen...

Más bien todo lo contrario. Ahora no necesitaba estar dormido para que toda clase de pensamientos lujuriosos pasasen por su mente. No necesitaba cerrar los ojos para imaginarse a un Changmin semidesnudo cuando podía ver al de carne y hueso pasearse por el apartamento sólo con los pantalones del pijama. Ni necesitaba imaginar su olor, o el tacto de su piel, cuando podía sentirlo a su lado cada vez que veían una película juntos, en ese mismo sofá.

Lo que necesitaba ahora era ocultar la evidencia que su cuerpo traicionero mostraba en cuanto permitía que alguno de esos pensamientos se colara en su mente. Cuando se permitía relajarse durante un instante y se quedaba mirando a su dongsaeng, imaginando sus manos recorriendo su cuerpo hasta el amanecer, y su lengua siguiendo el mismo camino hasta estremecerlo por completo... Odiaba tener que lidiar con una innecesaria e inexplicable erección cuando, por ejemplo, estaban todos relajados, riéndose de algún programa de la televisión, y Changmin apoyaba distraídamente la mano sobre su muslo, o lo rozaba sin querer. Y tener que disimular y fingir que no se da cuenta de nada, y que nada lo afecta...

Todas esas preocupaciones a las que tenía que hacer frente, lo apartaban más y más de su dongsaeng. No quería que fuese así, pero como había dicho la psicóloga, era inevitable. Porque cuanto más tiempo pasaba en compañía de Changmin, más probabilidades había de que se volviera completamente loco y comenzara a confundir fantasía y realidad; más posibilidades de que su cuerpo reaccionara con más rapidez que su mente e hiciera algo de lo que luego se arrepentiría. Algo que cambiaría irremediablemente su relación, que cruzaría esa invisible línea entre lo que pueden hacer dos hermanos, y lo que jamás deberían intentar.

Una línea que Jaejoong hacía tiempo que veía muy, muy difusa.

Y que, estaba seguro, la psicóloga trataría de que cruzase en cuanto tuviese la oportunidad. Porque ella no sabía todavía cuál era exactamente el problema con Changmin, pero en cuanto pusiesen un pie en su despacho al día siguiente, no le quedaría ninguna duda. Sabría exactamente qué es lo que pasaba en cuanto viese su interacción con Changmin, e insistiría en solucionar el problema...

Lo que inequívocamente se traducía en hablar sobre él.

Y lo último que necesitaba Jaejoong era poner en palabras todo el caos que había en su confusa mente.


—~o0o~—


Cuando Changmin entró al despacho de la psicóloga, Jaejoong aún no había llegado, lo que era bastante extraño porque su hyung solía ser bastante puntual. Claro, antes de que se volviese tan raro, lo cuál hablando de él era mucho decir: Jaejoong siempre había sido raro.

Pero desde que habían vuelto a vivir juntos sus extrañas costumbres se habían multiplicado. Por ejemplo, antes siempre solía levantarse muy temprano y les preparaba el desayuno lo quisieran o no. Ahora, sin embargo, parecía costarle mucho abandonar la cama por las mañanas, y a juzgar por las ojeras que solían adornar su cara, no era porque descansase mucho.

Tampoco era igual en cuanto a su higiene. Si bien a todos les gustaba ducharse a menudo, Changmin siempre había sido el más obsesivo en ese sentido, el que odiaba sudar por encima de todo y se duchaba más que los demás. Ahora Jaejoong le ganaba. Había días en que se duchaba hasta tres veces, y teniendo en cuenta que estaban en pleno invierno, no era precisamente por el calor.

Y salía sólo a menudo. Antes siempre tenía algo que hacer fuera de casa, con alguno de los miles de amigos que tenía, ya fuera alguna fiesta o alguna reunión algo más íntima. Ahora salía con la misma asiduidad que en el pasado, pero la mayor parte de las veces lo hacía sólo. Y a juzgar por lo empapado que había vuelto en más de una ocasión, se limitaba a pasear por la calle, oculto bajo uno de sus trescientos gorros y alguna de sus interminables bufandas.

Y cuando estaba en casa tampoco era igual. Había veces en que lo había sorprendido mirándolo de un modo muy extraño, como si tuviese la vista clavada en él pero su mente estuviese muy lejos, con la mirada algo desenfocada. Y cuando salía de su extraño ensueño del país de las hadas, se concentraba en clavar la vista en cualquier otra cosa mientras su sonrisa intentaba enmascarar el súbito calor que subía a sus mejillas.

Si no fuese por completo imposible, Changmin hubiese jurado que lo miraba con deseo.

Pero no podía ser. Porque a pesar de que sabía que Jaejoong había tenido relaciones sexuales con otros hombres, nunca lo miraría a él de ese modo. Lo sabía demasiado bien. Para Jaejoong nunca sería más que su hermano pequeño, cosa que no le había quedado más remedio que asumir hacía mucho tiempo.

No, probablemente tenía que ver con otra cosa, algo que perturbase su mente y que no tuviese absolutamente nada que ver con él...

Aunque eso no explicaba el por qué la psicóloga había puesto tanto empeño en que ese día tenían que acudir los dos juntos. Especialmente cuando el día anterior Changmin no había respondido más allá de monosílabos ante las absurdas preguntas de la psicóloga, al punto de exasperarla tanto que lo había mandado para casa antes de terminar la sesión. Claro, no sin antes aclararle dos o tres veces que tenía que venir con Jaejoong la próxima vez. Como si fuese idiota y no pudiese entenderlo a la primera...

Changmin sospechaba que habían juntado las sesiones de ambos para que la psicóloga no tuviese que volver a sufrirlo en solitario otros cuarenta y cinco minutos. Y para eso la solución era sencilla: juntarlo con Jaejoong o con Yoochun, que jamás tenían reparos en hablar de nada. Probablemente a lo largo de los días que les quedaban para asistir a las sesiones, lo mandarían venir cada día con uno.

Y por él que así fuese. Así sería una pérdida de tiempo de una hora en lugar de las dos que tendría que sacrificar la psicóloga atendiéndolos por separado.

Por fin, Jaejoong apareció, subiendo perezosamente la escalera, al parecer tan perdido en sus pensamientos que ni siquiera se dio cuenta de que él ya estaba allí.

Hyung —lo llamó, poniéndose en pie.

Como había anticipado, Jaejoong se sobresaltó, saliendo de su ensimismamiento y luego mirándolo como si fuese la cosa más terrorífica del universo. Era una expresión tan cómica que Changmin no pudo más que sonreír ante el gesto.

—Llegas tarde. No es propio de ti, hyung.

Jaejoong no supo que contestar. Había evitado conscientemente el ir con Changmin hasta la discográfica, alegando que tenía que ir a comprar unas cosas antes de la sesión, y su ‘tardanza’ había sido completamente deliberada. Sencillamente no quería estar a solas con su dongsaeng por tiempo indefinido hasta la hora de entrar. Ya bastante dura iba a ser la sesión en sí como para agregar minutos de tortura por voluntad propia.

En lugar de eso se había mentalizado para actuar normal, o lo que era normalidad en él. Se había planteado el asunto como si no se tratase más que de otro papel a interpretar en uno de los dramas que solía hacer. Aunque por alguna razón se le antojaba un papel muchísimo más difícil que en estos, cuando debería ser al contrario.

En cualquier caso, era mejor acabar cuanto antes. Tras hacer un asentimiento de cabeza a modo de saludo a Changmin, se dirigió directamente a la puerta de la psicóloga y golpeó antes de entrar.

—Jaejoong —dijo la mujer con una sonrisa en cuanto entró en su despacho—. Changmin. Sentaos, por favor.

Sin ninguna clase de ceremonias, ambos se dejaron caer sobre el sofá color crema, y la miraron, expectantes. Estaba claro que, si bien por diferentes razones, ninguno de los dos tenía demasiadas ganas de empezar la conversación.

—Bien —volvió a decir ella, tras coger su cuaderno y su bolígrafo—. Contadme por favor qué habéis hecho desde la última sesión.

Changmin levantó una ceja en dirección a la psicóloga y contestó antes de que Jaejoong pudiese abrir la boca.

—Hace menos de veinticuatro horas que hemos estado aquí, ¿Qué supone usted que podemos haber hecho en tanto tiempo?

La sonrisa de Changmin que acompañó a sus palabras no podía ser más sarcástica, y Jaejoong se encontró a si mismo sonriendo a su vez ante la contestación de su dongsaeng. A Min siempre le habían molestado terriblemente las preguntas absurdas, aun cuando fuese la ‘obligación’ de la psicóloga hacerlas. Por descontado, en veinticuatro horas podían pasar muchas cosas, pero lo normal era que hubiesen transcurrido como las de cualquier otro día, lo cuál no merecía ni siquiera ser mencionado. Básicamente porque a nadie le interesaría saber que habían cenado, se habían ido a dormir, se habían levantado, desayunado, hecho la compra, jugado con el ordenador, comido y vuelto a la consulta. Era absurdo.

Jaejoong amplió su sonrisa al volver a mirar a la psicóloga y, a modo de disculpa, explicó:

—Hemos hecho lo normal de cada día. Nada que merezca especial atención.

La mujer ni se inmutó. No varió su gesto ni con la contestación de Changmin ni con la suya. Se limitó a anotar algo en su cuaderno antes de levantar la mirada y volver a clavarla en él con determinación.

—Eso es interesante —dijo, sin apartar la vista de él—. Pensé que os extrañaría el hecho de tener sesión conjunta, no sé, que lo comentaríais al llegar a casa...

Jaejoong entrecerró los ojos ante el obvio intento de manipulación. Él sabía perfectamente por qué motivo estaban los dos ahí, juntos: porque el día anterior se había delatado más de lo que debiera respecto a con cuál de sus compañeros tenía un pequeño problema. Pero en teoría Changmin no lo sabía. Era obvio que a ella ni siquiera le interesaba saber si se lo había contado, ya que daba por hecho que no. Lo que quería era ver su reacción al mencionar el tema delante de la persona interesada. Por eso en ningún momento había vuelto la vista hacia Changmin, aun a pesar de que había hablado para los dos.

—No —contestó Changmin, con cara de aburrimiento—. Ambos teníamos que venir hoy aquí. Que fuera por separado o no carece de importancia.

Jae volvió la vista hacia su dongsaeng, sorprendido por sus palabras. Era cierto que el día anterior no habían hablado, pero porque él no le había dado la oportunidad de hacerlo. Había estado en su cuarto encerrado la mayor parte de la tarde, y durante la cena lo había evitado deliberadamente, al igual que durante la mañana de ese día. Sin embargo, sí había visto como Changmin lo miraba de una forma que no escondía su curiosidad, y conociéndolo como lo hacía, estaba seguro de que sus palabras no eran del todo sinceras.

Changmin quería saber por qué estaban juntos ahí. Pero por alguna razón había decidido ‘protegerlo’ a él.

Volvió la vista hacia la psicóloga, confuso, y enseguida se dio cuenta de que ella seguía mirándolo a él. Y por algún motivo, su mirada le dio escalofríos.

—Entiendo —dijo ella con ese tono amistoso que resultaba tan irritante—. El ser humano tiende a cuestionarse todo, especialmente cuando más joven es. Que no lo haga sólo puede significar dos cosas: que se conoce la respuesta, o que no hay la suficiente confianza como para hacer dichas preguntas. En vuestro caso, la segunda opción queda descartada, porque doy por hecho que existe confianza de sobra...

—Se me ocurre otra opción —la interrumpió Changmin, sonriendo—: que el tema no sea en realidad interesante.

—Lo cuál en sí mismo es interesante —contrarrestó ella, sonriente—. ¿Por qué no te interesa saber qué haces aquí con Jaejoong?

—Porque no es un secreto que estas sesiones me parecen una pérdida de tiempo. Y el motivo que usted haya tenido para reunirnos puede ser por completo aleatorio, o un modo de que malgastemos el tiempo haciéndonos preguntas que no conducen a ninguna parte.

No contestó inmediatamente. La psicóloga miró durante unos segundos a Changmin, todavía con esa exasperante sonrisa en la boca, y luego volvió deliberadamente su vista hacia Jaejoong antes de preguntar:

—¿Qué piensas tu de eso, Jaejoong?

Jae la miró, y luego volvió la vista hacia Changmin. Realmente quería que eso fuese cierto, que esas sesiones no fuesen más que una pérdida de tiempo en la que él no tuviese nada que ocultar, que le diesen igual. Pero no era así. Porque él sí tenía mucho que perder, mucho que callar y que ocultar a los ojos de su dongsaeng. Cosas de las que por nada del mundo quería hablar y en las que ni siquiera debería pensar.

Bajó la vista hacia el suelo y, con un tono que esperaba que sonase despreocupado, respondió:

—Estoy de acuerdo con Changmin.

Otra vez se hizo el silencio ante su afirmación, uno tan incómodo que obligó a Jaejoong a levantar la vista para saber qué estaba pasando. Y lo que vio lo dejó helado. La mujer parecía extremadamente complacida consigo misma, y seguía sonriendo. Y Jaejoong cayó en la cuenta de lo verdaderamente peligrosa que era esa mujer. Porque realmente le gustaba lo que hacía, lo disfrutaba. Y el instinto le decía que ella no pararía hasta dejar al descubierto todos los secretos de su alma.

—Siento digáis eso —dijo la psicóloga tras el prolongado silencio—. Pero sé que ninguno de los dos lo piensa. Lo creáis o no, en una sola sesión se pueden adivinar muchas cosas, entre ellas que tu —añadió señalando a Changmin— no eres una persona que acepte que las cosas pasen sin cuestionarse nada, y que tu —se volvió hacia Jaejoong—, que sí sueles hacerlo, en lo que se refiere a Changmin eres incapaz.

—Entonces mentimos —comentó Changmin, obviando la última parte de la explicación, y mostrando un semblante aburrido que hacía juego con su tono.

—Lo hacéis, pero ese punto es irrelevante —la sonrisa volvió a aparecer en el rostro de la psicóloga antes de añadir—. No me importa que mintáis, estoy acostumbrada. Me importan las razones que hay detrás de las mentiras.

—Afirmación tras la cual se supone que debemos explayarnos en una diatriba sobre nuestros más profundos pensamientos, ¿Verdad?

—No, en realidad no es necesario —afirmó ella, en respuesta al comentario de Changmin—. Tu actitud beligerante lo deja bastante claro. De hecho, tu forma de encarar la sesión es tan diferente a la de ayer que resulta en extremo reveladora —hizo una pausa, para volver su siniestra mirada hacia Jae una vez más, y luego regresó a Changmin—. No mientes por ti, proteges a Jaejoong. A ti te da igual lo que yo pueda decir, porque eres consciente de que si no quieres no hay nada en este mundo que pueda hacerte hablar. Pero sabes que él no es así. Por ello atraes mi atención para que me centre en ti y evite cuestionarlo a él...

Jaejoong cerró los ojos, esperando la negativa de Changmin, y el consecuente cuestionamiento hacia él, que era lo que la psicóloga pretendía. Que regresara su atención hacia él, hacia los porqués y los cómos que no podía compartir con él. Pero no ocurrió ninguna de las dos cosas. Ante el silencio de Changmin, Jae volvió a abrir los ojos para fijar la mirada en su dongsaeng, y lo que vio lo dejó perplejo. Estaba sonriendo, con esa sonrisa autosuficiente que ponía cuando ganaba...

Y si por un segundo había pensado que podría sentirse avergonzado porque lo hubiesen leído tan fácilmente, nada podía estar más lejos de la realidad. Estaba tranquilo, sereno, y completamente seguro de sí mismo.

—Si alguien no quiere hablar no debería ser obligado a hacerlo —respondió solamente.

Y entonces Jaejoong entendió por qué lo hacía. Changmin siempre había sido el miembro al que más le costaba abrirse a las personas, confiar en la gente, razón por la que en Corea era el menos querido de los cinco. Las fans siempre esperaban de sus ídolos que hablaran y hablaran, incluso contando cosas insustanciales, cosa que Changmin jamás hacía. Y si no hablaba de cosas insustanciales con aquellos a los que, según él, no le importaban, menos iba a hacerlo de otros temas. Desde el debut siempre había sido presionado para que fuese más extrovertido, cosa que no había llevado demasiado bien...

Razón por la cuál ahora lo estaba protegiendo a él. Porque sabía que estaba ocultando algo, algo que no quería contar, y no quería que esa mujer se entrometiera en sus asuntos. “Nadie debería ser obligado a hablar...”

Su lealtad debería haberle hecho sentir bien, pero no era así. Porque dejaba en claro que no había sido tan buen actor como pretendía, que Changmin sabía que algo pasaba.

Y eso lo aterraba...

—Encomiable por tu parte —dijo la psicóloga, devolviéndolo a la realidad—. Pero quizás deberías ser tú el más interesado en que Jaejoong hable, ya que él conoce las razones de que tú estés aquí hoy.



09 agosto 2010

Recursos de la mente


Prólogo




—Todo está bien, en serio —murmuró Jaejoong, esbozando una de esas sonrisas que enmascaraban cualquier otro sentimiento.

Sí, todo iba perfecto. Por fin volvían a estar los cinco juntos, libres de todos los problemas que habían tenido en el pasado, lejos de la compañía que los había tratado tan mal y a punto de lanzar un nuevo disco al mercado después de tanto tiempo. ¿Qué podía ir mal?

Todo estaba por fin como debía haber estado siempre. Todo volvía a ser igual.

—Me alegro —contestó la mujer, sin variar ni un ápice su semblante sereno—. Aun así, me gustaría que me contases algo más detalladamente cómo han ido las últimas semanas; el ajetreo del cambio de piso, la readaptación a la convivencia... Imagino que habrá muchas cosas que contar.

Jaejoong suspiró pesadamente y desvió la vista hacia la ventana. No quería ni necesitaba estar ahí. Los cinco habían vivido juntos por más de cinco años antes de todo el asunto de la demanda contra la SM, se conocían a la perfección, y jamás habían permitido que nadie se metiera en sus asuntos privados. Los problemas, si es que los había, se resolvían en casa, y nadie tenía por qué enterarse.

Y, en cualquier caso, ahora no tenían ningún problema, ¿Verdad? Todo estaba perfectamente bien...

¿Por qué tenía entonces que soportar eso?

Ah, sí, porque era la única condición que les había puesto la nueva compañía. Se habían rendido a todas sus peticiones y deseos, tratándolos con una deferencia rayana en la adoración. Habían accedido a todo, y puesto a su disposición todos los medios a su alcance para que pudiesen hacer con su carrera lo que quisiesen, literalmente. No les iban a poner ningún impedimento, y ellos decidirían siempre a qué programas asistir, qué directos hacer, qué entrevistas concertar y cuándo era el momento oportuno para ir a cualquier otro país.

Todo lo que siempre habían deseado al alcance de la mano con tan sólo acceder a una ínfima y minúscula condición, que ni siquiera les iba a quitar mucho tiempo: Reunirse durante una semana con la psicóloga de la compañía antes de que TVXQ se relanzaran.

Realmente no era una petición extraña. Era más bien una tontería, un mero trámite por el que todos habían pasado ya en otra ocasión. Sencillamente ningún artista hacía su debut sin haber tenido unas cuantas sesiones con un psicólogo. Su misión principal solía ser ayudar a los nuevos talentos a saber cómo comportarse cuando sus vidas dejasen de ser anónimas; qué esperar del futuro, cómo asumir un fracaso o, lo más difícil, cómo asimilar el éxito, si es que llega, y no dejar de tener los pies en el suelo.

Era un proceso tedioso pero necesario. Y las compañías se aseguraban con eso de que sus artistas no perdieran la cabeza una vez que su nombre estuviese asociado a ellos.

Jaejoong entendía eso perfectamente, y hasta cierto punto lo apoyaba, ¿Pero por qué tenían que reunirse ellos con la psicóloga ahora? No era como si no supiesen que esperar en su trabajo y cómo lidiar con ello, ¿No? Más bien todo lo contrario, probablemente eran el grupo mejor preparado de toda Corea para enfrentarse con cualquier situación, ya fuese el éxito arrollador o el fracaso más absoluto. Habían tenido momentos realmente malos y los habían superado...

No necesitaban un psicólogo ahora que todo estaba bien...

Sin embargo lo que preocupaba a la compañía no era su forma de hacer frente al futuro, sino cómo asimilar el pasado. Según ellos, llevaban demasiado tiempo separados, sin trabajar ni convivir todos juntos, y daban por hecho que habría cosas que serían distintas ahora. “Todo cambia” habían dicho muy convencidos “y necesitamos saber que os habéis readaptado perfectamente a la nueva situación para que no surjan en el futuro rencillas o conflictos que puedan afectar a vuestro trabajo”.

Como resultaba obvio, ninguno se había opuesto a esa condición. No era más que una pequeña parada antes de conseguir lo que tanto habían anhelado. Yunho se había mostrado totalmente dispuesto a hacer lo que fuese, solícito y colaborador como sólo él sabía serlo; Changmin apenas había resoplado, mirándolos con una expresión que a todas luces quería decir “Qué tontería”; Yoochun había esbozado una de sus deslumbrantes sonrisas antes de añadir un “será divertido” que a aquellos que le conocían les sonó escalofriante; y Junsu se había limitado a preguntar cuándo comenzarían las sesiones y cómo iban a proceder una vez las superaran.

Sin embargo él había permanecido en silencio, en contra de lo que hacía habitualmente. No podía precisar la razón, pero intuía que esas reuniones no serían tan insustanciales como en principio parecían. No quería contarle a una persona a la que no conocía de nada cosas que no tenía por qué saber, y que en cualquier caso no eran de su incumbencia...

¿No era irónico que fuese precisamente él quien tuviera esos reparos? El miembro más impulsivo del grupo, a quien habían acusado en incontables ocasiones de hablar más de la cuenta o de no pensar lo que iba a decir antes de abrir la boca...

Y quizás ese era precisamente el problema. Que solía ser cierto, que antes se comportaba así con demasiada asiduidad, sin hacer caso de quienes le decían una y otra vez que usara más el cerebro. Y ahora...

No, ahora todo estaba bien. Ahora todo era perfecto. Tenía que serlo.

—Todo bien —reiteró, todavía sin desviar la vista del inmenso ventanal que había en el despacho de la psicóloga—. El nuevo apartamento está en una buena zona, con buenas vistas, y la mudanza no nos ha llevado demasiado tiempo. Ningún incidente de importancia.

—Comprendo —dijo la mujer, en un tono que pretendía ser complaciente, pero que en ningún momento engañó a Jaejoong.

Igual si fuese otra persona podría confundirlo, pero a él no. Conocía ese tono condescendiente demasiado bien. Era el tono que siempre usaba Changmin cuando discutían, y que quería decir en realidad “estás completamente loco”.

Ella no comprendía. No podía hacerlo, por más años de carrera que tuviera, simplemente por el hecho de que no podía leerle la mente. Sólo pretendía hacerle hablar, hacer un comentario inocuo para que él se viese obligado a llenar el silencio subsiguiente con algo, cualquier cosa. Jaejoong tenía la suficiente experiencia como para saber que a ella no le interesaba realmente lo que dijese. Lo que en realidad le importaba era lo que no decía, y su actitud. Sobre todo su actitud.

No iba a darle el gusto. No había que estudiar una carrera durante años en la universidad para darse cuenta de que él no quería estar allí. Así que si ella quería saber algo específico, que preguntase.

Jaejoong miró como la mujer hacía un par de anotaciones más en su cuaderno, y luego lo miraba fijamente, esperando. Tras un silencio que duró varios minutos, la psicóloga volvió a hablar.

—¿No tienes nada más que decir?

—Realmente no —dijo, esbozando otra de sus sonrisas que nada tenía que ver con la alegría.

La mujer también sonrió, mirándolo fijamente mientras golpeaba un par de veces el bolígrafo contra el block. Parecía resignada, pero Jaejoong sabía que nada estaba más lejos de la realidad. Probablemente la cabeza de la psicóloga sería un volcán en plena ebullición lleno de preguntas, hipótesis, conclusiones y estrategias con las que intentar averiguar más cosas sobre él, cosa que le habría puesto los pelos de punta de no haber convivido con Yoochun. Y si había sobrevivido a eso, bien podría hacerlo a esas absurdas sesiones.

—Bien —asintió ella con la cabeza, dejando el block encima de la mesita auxiliar que tenía al lado—. Aun nos quedan otros veinte minutos antes de que pasen el resto de tus compañeros. ¿Qué es lo que quieres hacer entonces?

Quería irse, ¿No lo había dejado ya claro? Quería volver a casa y comprobar que todos siguiesen estando allí, como siempre debió ser. Quería ver a Yunho encerrado en el baño durante horas haciendo sus coreografías; quería ver a Yoochun ordenando metódicamente su habitación hasta dejarla como si fuese a salir en una revista; quería oír a Junsu tararear por toda la casa con esa inmensa sonrisa pintada en los labios; Y quería ver a Changmin haciendo...

Vale, quizás no fuese tan buena idea que volviese a casa tan rápido.

Jaejoong volvió a desviar la vista hacia el ventanal, pasando por alto la pregunta de la psicóloga. Si por él fuese, pasarían en silencio los veinte minutos restantes. Un silencio cálido y seguro que evitara que dijese cosas que no quería decir y que en realidad ni siquiera debería pensar. Al menos no si quería que todo volviese a ser igual que había sido siempre. Como tenía que ser.

—¿No puedes al menos decirme en qué piensas? —insistió la psicóloga, con ese tono calmo y profesional que invitaba a las personas a hacer confidencias.

—Simplemente contemplaba el día, sin pensar nada en especial —mintió.

‘O debería hacerlo’ agregó para sus adentros. Nunca venía mal centrarse en algo que fuese completamente ajeno a uno mismo, sobre todo cuando ser “uno mismo” era tan confuso. Cuando uno quisiera tener la mente llena de pajaritos, o de serrín, para ser incapaz de hilar cierto tipo de pensamientos...

—El día... —repitió la psicóloga, sin variar el tono.

—Exacto. Hace una bonita mañana, ¿No cree?

—Sí, preciosa —murmuró, con una sonrisa en los labios, antes de añadir—. Curioso que estuvieses pensando en el tiempo. Muy curioso.

Jaejoong se giró hacia ella al escuchar su tono de voz, que se oía extremadamente complacido. Por alguna razón sus respuestas le habían parecido interesantes, cuando en realidad no había dicho nada. Y por más que trató de reprimirla, su propia curiosidad también se despertó ante sus palabras.

—¿Por qué? —preguntó reticente.

La mujer esbozó una cálida sonrisa antes de responderle.

—Porque siempre hablamos del tiempo cuando nos sentimos nerviosos. Es un modo de llenar un silencio incómodo, de volver a un terreno seguro y confiable. Una pequeña treta que inconscientemente usamos para sentirnos en control de la situación—explico pacientemente. Hizo una pausa, para volver a coger su cuaderno de notas y, ampliando su sonrisa, añadió—. Eso me dice que tu actitud desafiante no es más que fachada. No quieres estar aquí, y no porque pienses que todo esto es una tontería, sino precisamente por lo contrario. Sabes que no lo es, y no te apetece nada enfrentarte a ello.

Jaejoong frunció el entrecejo ante sus certeras palabras, y se dio cuenta de que en ningún momento la había engañado. Ni siquiera valía el hecho de que tratase de engañarse a sí mismo, porque al parecer ella podía ver a través de él. Y eso era una gran putada, porque efectivamente no tenía ningunas ganas de hablar sobre cosas en las que no debía pensar y que por nada del mundo iban a pasar jamás.

Joder, si él no era capaz de entenderse a sí mismo, ¿Quién iba a ser capaz? Desde luego no esa mujer. Nunca podría entenderlo.

—Resulta evidente que una de tus principales preocupaciones es que todo vaya bien, a juzgar por el empeño que pones en repetirlo una y otra vez —prosiguió ella, al ver que mantenía su obstinado silencio—. Y ese ‘todo’ sólo tiene relación con lo que de verdad te importa: tus compañeros. Quiero que me hables de ellos.

Jae se removió incómodo sobre el sillón, mirándose las manos. Vale, puede que tuviese una o dos preocupaciones de nada, pero eso no iba a alterar las cosas. No significaba que algo fuese a cambiar. Él siempre había sido quien más se preocupaba por sus compañeros, quien necesitaba saber en todo momento qué estaban haciendo y con quién. Era un hábito que no podía cambiar tan fácilmente...

Un hábito que se había incrementado en gran medida el tiempo que habían estado separados. ¿No era ilógico? Al principio el dolor había sido demasiado fuerte como para permitirle pensar en nada. Luego habían venido los juicios, la prohibición a Yunho y Changmin de comunicarse con ellos, todo el asunto de la nueva unidad, y la espera por las resoluciones del tribunal que habían tardado un siglo.

Durante todo ese tiempo los cinco habían seguido luchando, cada uno a su modo, cada uno desde la posición en la que se había visto obligado a estar, ya fuese dentro o fuera de la empresa, pero siempre con un mismo fin: volver a ser TVXQ. Eso era lo que todos habían tenido claro siempre.

Aun así, habían seguido trabajando. Todos ellos. Y Jaejoong había podido seguirlos a través de sus diferentes trabajos para televisión, revistas o teatro. No podía evitarlo, al fin y al cabo estaba en su naturaleza... Y entonces había comenzado el drama de Changmin, Paradise Meadow, y su cerebro se había vuelto completamente loco. O su cuerpo. Ya no sabía muy bien cuál era la diferencia. Porque verlo hacer todas esas escenas románticas con esa chica...

Le había dado completamente igual. Tenía que darle igual. Era trabajo, el trabajo de Changmin, y en ningún punto asunto suyo.

—Jaejoong —lo llamó suavemente la psicóloga, apartando su mente de temas en los que no estaba pensando—, por favor, háblame de Yunho.

Suspiró, cerrando los ojos pesadamente y, resignado comenzó:

—Yunho es... uno de mis hermanos, probablemente el más fuerte de todos, al menos mentalmente. Si tuviese que compararlo con algo, sería con una roca —añadió sonriendo ante esa idea tan absurda—. Es capaz de aguantar sobre sus hombros con todo el peso del mundo y aun así no desmoronarse. Es probablemente lo que más admiro de él.

La mujer asintió, mirándolo fijamente, y luego hizo un par de anotaciones más en su cuaderno.

—Muy bien —dijo—. Ahora cuéntame algo sobre Yoochun, lo que quieras.

—Yoochun... Yoochun es como mi hermano gemelo. Es decir, tenemos gustos muy parecidos en casi todo, nuestros intereses suelen ser los mismos, y tenemos una idea bastante semejante de lo que es divertirse. Y sin embargo nuestras personalidades son totalmente independientes. No puedo decir que me parezca a él porque en realidad no es así... No sé cómo explicarlo.

—No te preocupes, lo has expresado muy bien —lo tranquilizó la mujer, anotando nuevamente en su cuaderno—. Háblame ahora de Junsu.

—Junsu es completo y sincero optimismo. Si cualquiera de nosotros necesita animarse, sólo tiene que buscar a Junsu, y no porque él no lo pase mal, o no pueda estar triste, sino porque tiene una forma de ver las cosas realmente simple. Siempre logra ir directo al punto central de cualquier cuestión, obviando todas las vueltas y vueltas que los demás le damos a todo —volvió a sonreír inconscientemente al pensar en su dongsaeng—. Eso te ayuda a mirar las cosas desde una perspectiva diferente, lo que la mayoría de las veces es de gran ayuda...

—¿Y sobre Changmin qué puedes decirme?

Jaejoong se tensó inconscientemente ante la mención de su compañero, y comenzó a juguetear con sus dedos para mantenerlos ocupados en algo.

—Changmin es... —se calló durante un instante, intentando encontrar las palabras precisas—. Changmin es... probablemente el más maduro de los cinco. Le pone el mayor empeño a cualquier cosa que haga, sea profesional o personalmente, lo que hace que siempre consiga lo que se propone. Él... siempre... hace las cosas correctas.

Jaejoong se calló completamente al darse cuenta de lo estrangulada que había sonado su voz cuando había puesto en palabras ese último pensamiento. Sí, Changmin siempre hacía lo correcto, nunca malgastaba un pensamiento en cosas sin sentido, en cosas que no podían ser.

Y él tampoco iba a hacerlo. No, no iba a pensar más en eso. De ninguna de las maneras. Porque si no hablaba sobre su pequeño problema no sería real. Sería algo así como una de sus muchas locuras transitorias de las que nadie sabía nada o que, si sabían, se aseguraban bien de callar. Era sólo uno más de sus muchos sin sentidos. Quizás el peor de todos. Porque no había forma de que tuviese esos pensamientos sobre su dongsaeng y que su vida siguiese siendo igual.

No existía una manera de mirar naturalmente a Changmin por las mañanas después de haber soñado toda la noche con hacerle el amor hasta el agotamiento. Con acercarse a él y desgarrar su ropa hasta sentir su piel bajo los dedos; explorar con las manos todo su cuerpo hasta hacerlo suplicar y deslizar la lengua por su vientre, hacia abajo, hacia abajo, siempre hacia abajo, paladeando su exquisito sabor hasta que el último poro de su piel se hubiese estremecido; Y luego sentirlo dentro, muy dentro, embistiendo veloz y firmemente el centro de su ser hasta que se corriera en medio de un gemido ronco y ahogado...

No podía hablarle a nadie de eso porque no tenía el más mínimo sentido. No podía contar lo mucho que lo perturbaba despertarse siempre con la evidencia de que su cuerpo había entrado en sus sueños con bochornosa intensidad. Ni podía precisar el cúmulo de sensaciones entremezcladas que sentía latir en su pecho al verlo cada mañana, fingiendo que todo estaba bien. Que todo era normal.

No podía ni quería hacerlo. Porque eso eventualmente pasaría y todo sería perfecto otra vez. Serían una verdadera familia de nuevo.

No iba a joder esta nueva oportunidad que tenían de estar todos juntos de nuevo.

—¿Qué es?

—¿Perdón? —preguntó confuso, sacudiendo la cabeza para alejar esos absurdos pensamientos.

—¿Qué es lo que te tiene así de tenso? Lo que estabas pensando justo hace un minuto... Tu postura no podía ser menos relajada, y tus manos no paraban de entrelazarse una y otra vez de forma frenética, aunque dudo que te hayas dado cuenta.

Jaejoong bajó la vista hacia sus manos y se dio cuenta de que era verdad. En algún punto las había entrelazado, y las sentía sudorosas y frías al mismo tiempo.

Suspiró, tratando de relajarse, y volvió a mirar fijamente a la psicóloga, en silencio. Joder, ¿No se había hecho el firme propósito de no dejarle saber nada? ¿De ocultar todas y cada una de sus emociones bajo su fachada de chico alegre y despreocupado? Menudo trabajo estaba haciendo...

—Al menos ahora puedo precisar una cosa —volvió a decir la mujer, al ver que él permanecía en silencio—. Lo que sea que te preocupa tiene que ver con Changmin. Sólo cuando hemos empezado a hablar de él te has puesto tenso.

—¡Mi problema no tiene nada que ver con él! —exclamó, más fuerte de lo que pretendía.

Y enseguida se dio cuenta de que había cometido un error cuando una sonrisa se extendió por el rostro de la mujer y su mirada perspicaz se clavó en él con un brillo acerado.

—Entonces existe un problema —dijo mirándolo triunfal, aunque sin variar apenas su tono de voz—. Y si existe, las cosas no están ni tan bien, ni son tan perfectas como pretendes que sean.

Jaejoong suspiró, derrotado, mientras cerraba los ojos y bajaba la cabeza. ¿Por qué demonios seguía hablando más de la cuenta aún cuando no quería hacerlo? ¿Alguna vez podría aprender a disimular con la misma maestría con que lo hacían Junsu o Yunho?

—Mire —murmuró entre dientes, todavía sin abrir los ojos—. Está bien, acepto que las cosas aún no son perfectas. Y nótese que el adverbio es la parte fundamental de la frase. Pero lo serán. Tienen que volver a serlo.

—Es decir, que es algo tan trivial que no merece la pena ni hablar de ello.

—Exacto.

La mujer sonrió ante su convicción, con ese gesto que, desde que había entrado en su despacho, nunca había presagiado nada bueno para él. Y con ese tono tan irritante preguntó:

—¿Entonces cuál es el temor? Si es algo tan insignificante como dices no debería preocuparte.

Tenía razón, por supuesto. No debería estar preocupándose por tonterías que olvidaría de un momento a otro. De hecho se había jurado desde que supo que volverían a vivir juntos que no lo haría. Sin embargo todo se había descontrolado desde que se había dado cuenta de que ‘vivir juntos’ implicaba cosas que casi había olvidado. Como verlo salir de la ducha, apenas vestido y con el pelo todavía húmedo... O verlo dormir despreocupadamente sobre el sofá durante una aburrida película...

Todo eso sólo había servido para confundirlo más y más, hasta el punto de no estar seguro de nada. Pero volvería a estarlo. Tarde o temprano siempre recordaba lo que debía hacer.

—No estoy preocupado —contestó en un susurro, con un tono de voz que desmentía por completo sus palabras—. Es más bien... cautela. Si soy cuidadoso todo irá bien.

—Entiendo —dijo la psicóloga, asintiendo con la cabeza.

Durante unos segundos se limitó a clavar sus ojos en él, sin decir nada más, con una mirada tan penetrante que lo hizo sentir incómodo. Ella no entendía. No podía entender. Sólo quería que siguiese hablando, igual que antes. Que siguiese delatándose a si mismo...

Oyó cómo el bolígrafo volvía a deslizarse por el papel, probablemente con alguna anotación más de la psicóloga en su dichoso cuaderno. Y luego escuchó su voz, pronunciando una sentencia que lo paralizó de arriba abajo.

—No es Changmin lo que te preocupa. Eres tu mismo.

—¿Qué...? —exclamó Jaejoong, sin entender nada. Mas ni siquiera pudo terminar la pregunta antes de que la psicóloga volviese a hablar.

—Has dicho que deberías tener cuidado. Temes hacer algo que pueda cambiar tu relación pasada con Changmin, lo que te preocupa profundamente porque no quieres que eso pase. Tu querrías que todo fuese igual que antes —aclaró ella, ante la completa confusión que podía leerse en el rostro de Jaejoong.

—¡¡Será igual que antes, estoy seguro!! —exclamó, más fuerte de lo que pretendía.

—¿Y no te has parado a pensar, Jaejoong, que sólo por el hecho de tener esta clase de temores que antes no tenías, tu relación con él ya ha cambiado? Los temores se reflejan en nuestra forma de actuar, de enfrentarnos a las cosas. Y la afectan invariablemente.

Jaejoong la miró, con la boca algo entreabierta, como si hubiese ido a decir algo y se hubiese quedado a mitad de camino. No lo había pensado, por supuesto, pero ella tenía razón. Otra vez. Por mucho que lo hubiese pretendido esos días, su comportamiento no había sido el mismo. Había estado coaccionado por sus propios pensamientos, por sus propios sueños, lo que le había hecho evitar a Changmin de forma consciente. Porque estaba seguro de que todo pasaría tarde o temprano...

Y estaba seguro de que Changmin había notado hasta cierto punto su comportamiento. Había sorprendido una mirada extrañada en su rostro en más de una ocasión, cosa que no lo ayudaba a tranquilizarse.

Sí, su relación era diferente, ¿Pero cómo evitar que eso ocurriera? Su temor porque algo cambiara en su relación con Changmin era lo que la hacía diferente. ¿Qué podía hacer por evitar ese círculo vicioso?

—No —dijo muy despacio, más para sí mismo que para la psicóloga—. No voy a permitir que eso ocurra. Soy más fuerte de lo que parezco a simple vista, puedo manejar la situación sin que esta cambie.

—Creo que las cosas no funcionan así —respondió ella, en ese tono conciliador que a Jae le parecía tan irritante.

—Me da igual cómo cree que funcionen las cosas —exclamó fuertemente, hastiado de esa conversación que no quería tener y en la que había acabado cayendo—. No nos conoce más allá de lo que pueda haber visto por televisión, ni ha vivido con nosotros como para poder opinar al respecto. No sabe como nos comportamos cuando no hay cámaras grabando.

Por una vez, la mujer guardó silencio, mirándolo de una forma totalmente especulativa, como si estuviera sopesando algo. Su mano daba golpecitos con el bolígrafo sobre el cuaderno, aunque probablemente no era consciente de este hecho. Finalmente, tras un par de minutos en que no hicieron más que mirarse uno a otro, ella volvió a hablar:

—En eso tienes razón —dijo, todavía con esa extraña mirada en los ojos.

Jaejoong no contestó. Se limitó a mirarla con el entrecejo fruncido, esperando. Por lo que había podido ver a lo largo de esa hora, la frase no acababa ahí. Siempre tenía algo más que añadir, algo que por lo general no significaban buenas noticias para él.

En cualquier caso, no tuvo que esperar demasiado. La voz de la psicóloga volvió a ser audible para sentenciar:

—Por eso mañana Changmin y tú tendréis sesión conjunta.